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PEGAME QUE ME GUSTA (fragmento)

[...]

Pero antes pasé otras noches a la intemperie en Montevideo, una que otra de vez en cuando. Porque se había hecho demasiado tarde, o esperando a alguien que no llegaba. La solución era por ejemplo llegar al fin de semana para ubicar algunos artesanos conocidos que me pudieran tirar con un poco de alambre, prestarme unas pinzas para empezar con algo. Pero entonces volvía a llover. Un sábado me lo pasé en el techito de los baños de la feria de Villa Biarritz con los cuatro artesanos más desgraciados del mundo que en lugar de trabajar jalaban cemento. Logré al menos trocarle a un feriante unos pares de medias por una bolsa de fruta pasada con la que nos llenamos la panza el Barrica y yo. Y a cambio el Barrica me llevó a dormir a su cuarto de pensión, una ficha el Barrica. No tenía ni veinticinco años y se estaba quedando sordo por culpa del cemento. Al día siguiente tomamos mate en un vasito porque la yerba no alcanzaba para llenar el mate y nos fuimos a Tristán Narvaja. Lo mismo podíamos habernos quedado porque seguía lloviendo y el viento soplaba con obstinación. No se laburaba nada. Allá abajo en Galicia prendieron un fuego y se armó una batucada. Negocié unas monedas por un chorizo sin pan y tomé vino que pagó algún otro. Y escuché por la radio Nacional-ColoColo por la Libertadores con un montón de gente entusiasmada y grité los goles fingiendo que me importaban.

 

En lugar de haber sido parte de todo eso debí haber sido un fotógrafo con una buena cámara. El mundo estaba lleno de imágenes, de rostros trastornados por aquella alegría fantaseada, de ropa vieja y arrugada en pequeñas pilas sobre un mantel de hule y tapadas con un nailon, de montañas de tablas de parqué húmedas y decoloradas, de botellas de plástico recortadas funcionando como vasos de vino, de carros de lata herrumbrados llenos de pescados grises, de bicicletas desarmadas en millones de pequeñas piezas extendidas en el piso mojado, de niños con caras de adultos sentados en el cordón de la vereda contando monedas, de viejas caras arrugadas hasta lo infinito. Vi cada una de las fotos, la naturalidad del gesto de despejar con la lengua pequeñas hebras de tabaco de entre los dientes amarillos, o la forma de torcer la espalda para apoyar el tambor contra la barriga hinchada de cerveza. La mujer que se pinta los labios antes de salir a bailar al desamparo de la llovizna. La forma en que la miran loshombres. La cara de perversa satisfacción con que los manyas chicos festejan el gol de Colo Colo. La mano venosa del tipo que hunde el filo del cuchillo en la carne gris del pescado. En todas esas imágenes veía cosas que se me antojaban importantes y que nunca serían mostradas.

 

En realidad yo era un fotógrafo. Y tenía una cámara, aunque no fuera una gran cámara. Pero de alguna manera había terminado de este lado de la lente con mi mochila y mis bolsas y mis pelos parados y mi ropa sucia y mi cara sin afeitar. La cámara mientras tanto se llenaba de polvo en un estante de tablón sin cepillar entre un montón de latas y cajitas llenas de piedritas, cuentas y ganchitos de alambre, rollos de tiento, cordón trenzado y quién sabe cuántas cosas más, en un lugar que se sentía tan lejos. Yyo creo que hasta mi cerebro se estaba pasando para el otro lado de la lente y del mundo, convirtiéndose en una masa sin forma que iba como un objeto más, colgado de mi equipaje. De pronto entendí que aquella gente a la que yo pretendía observar me miraba con una cierta compasión y trataban de contagiarme su alegría. A lo mejor hasta podían ayudarme. Quizá no debía seguir pensando como los que intentan producir algo sino con la lógica estricta, burda de la supervivencia, como sabiendo que el mundo está esperando que me muera, para hacer botones con mis huesos.

 

 

fragmento del capítulo 3 de la novela Pegame que me gusta (Montevideo, Criatura Editora, 2014)

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